La soledad más amarilla

por Camilo López Aguirre

Pasado casi mes y medio la idea de escribir algo acerca de Gabriel García Márquez (y no me atrevo a llamarlo Gabo) aún no me ha abandonado, habiendo visto innumerables notas, reportajes, reseñas y entrevistas en este tiempo, no veo que más se pueda decir del único Nobel colombiano (el primer latinoamericano), y habiéndome decidido a sentarme a escribir preferiré no hablar de él como persona o ni siquiera como escritor, ni siquiera me referiré directamente a él. Retomando solamente algunas palabras de él, el que hablo de la soledad de América Latina, trataré de hablar de la soledad de García Márquez.

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Sin poder diferenciar si es producto de mi sugestión o de algún azote de las tendencias, me he encontrado más de una vez preguntándome porque me encuentro con tantas caras que me lo recuerdan a él. Versiones jóvenes, adultas y ancianas de su bigote y su pelo encrespado se me aparecen en la calle y mientras se alejan me van dejando una sensación un poco diferente al luto o al orgullo patrio. He ido descubriendo una pregunta ¿Fue su visión de la soledad de América Latina solo una proyección de su propia soledad?

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Por supuesto que he leído algunos de sus libros (no me atrevo a decir que la mayoría) y no cuestionare su habilidad y su impacto a nivel literario, pero me cuestiona pensar porque alguien que basó toda su obra literaria en su país (nuestro país), decide basar y terminar su vida en otro. Investigando un poco descubrí que vivió aproximadamente 30 años en México, y aunque no niego el encanto y el conjuro que tiene México como país y como cultura, yo como colombiano siento cierta distancia hacia ese hecho, hacia él, siento una brecha que lo separa de las ciudades, de los campos, de los ojos y oídos de esta gente, de mi gente (¿nuestra gente?) que somos los colombianos.

¿Sera acertado decir “nuestro Nobel”?

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Yo personalmente no puedo hacerlo, no lo siento mío, es una figura esquiva para mi, borrosa, un tanto indiferente, otro tanto rechazada, desterrada, incomprendida. Es ese padre que después de 30 años viene del extranjero a visitar a su hijo, y yo soy ese hijo que pese a que sabía de su existencia y lo había visto, luchaba por hacerlo palpable; y al momento de hacerse material y real se siente desconcertado, vacío, sin palabras y en soledad.

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Haciendo recuento de los varios homenajes que le realizaron en Bogotá (mi ciudad) pude encontrarme su rostro en vallas, en revistas, en la televisión, en el cine, en ferias, en iglesias, en librerías y en bibliotecas, y aun así cada vez que lo veía trataba de detenerme a identificar algún rasgo en su rostro que estuviera también en el mío, que nos identificara, que nos separara e hiciera ineludible nuestro nexo, García Márquez padre de los símbolos contemporáneos colombianos, portador de ese premio que tanto nos enorgullece y nos une.

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Pero aun así… ¿Quién es él?

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Tratando de cerrar esta idea que tanto me ha costado estructurar he llegado a una respuesta y posible conclusión, no sé quien es García Márquez (y lo digo en presente porque como bien él sabía si algo identifica al colombiano es su dote para mantener vivos a los muertos) y no sé cómo sentirme frente a él, no sabría como referirme a él ni como presentarme ante él. Parado en la plaza de Bolívar oyendo el Réquiem de Mozart sentí un escalofrío que por fin logró conectarme de alguna forma con él, esta soledad que siento frente a él, es solo el reflejo de una soledad que él sintió en 1982 mientras hablaba de la soledad de un continente, una soledad que lo llevó a acabar su vida lejos de la materialización de su obra, una soledad que nace décadas antes de ser sentida, soledad que está enraizada en los Andes y en las costas, en la ruana y el vueltiao, en la Maloca y el chinchorro, en el porro y el Sanjuanero.

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La soledad de América Latina es mi soledad, es la soledad que ahora creo ver en el rostro de Gabo, es nuestra soledad, esa que lo vuelve mi Aureliano y a mí su José Arcadio, esa soledad tan concurrida y tantas veces cosechada que nos vuelve una familia desde los abuelos Stepansky, Mutis, Vallejo, González, Silva y Jacob, llegando al primo Vásquez, la prima Restrepo, el primo Ungar, el primo Gamboa, el primo Madiedo o el primo Caicedo (y la lista puede seguir).

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Esta soledad es la que al mirarnos entre nosotros nos hace olvidar nuestros orígenes y nuestros parentescos, y a su vez nos acerca lo suficiente para poder finalmente, con todo el cariño y respeto, dedicarle mi soledad más profunda y mi sonrisa más amarilla a papa Gabo.

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Camilo López Aguirre

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