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por Camilo López Aguirre

Algo debía.

Según cuenta mi papá, eso solía decir la gente en Antioquia (mi abuela paterna incluida) durante la época de La Violencia cuando mataban a alguien conocido.

Ese es el tipo de mecanismo sórdido y vulnerable de defensa que los colombianos adoptamos para darle un falso sentido a nuestra realidad. Indefensos ante nuestro destino supuestamente intocable, crecimos y maduramos dejando morir nuestra empatía, sentido de pertenencia y nuestro deber moral.

Recientemente cumplí año y medio de no ver a mi familia, amigos, ni patria, y aun hoy sufro dolores fantasmas a diario de querer vivir en ambos países a la vez. Mi exilio, contrario al de miles otros, fue un exilio auto inflingido. Es decir, estoy acá por que quise.

Eso ya de por si me ubica en un grupo con una visión especifica del país, un grupo muy selecto que sufre ser colombiano y goza poder ser más que eso, un ciudadano del mundo.

En los últimos meses una sensación nueva me ha estado ocupando buena parte de mi día a día, en especial al darme cuenta que lo llevo sintiendo por bastante tiempo. Vergüenza, así es como la describiría con una palabra. Una vergüenza tan profunda que irradia a mi familia, amigos, pareja y profesión.

En un país donde casi un cuarto de millón de personas han muerto a causa de nuestra indiferencia a nuestra propia historia, que alguien haya podido mudarse al extranjero para poder seguir ejerciendo su profesión me parece… injusto. Cuando era niño solía jugar con un vecino que llego a esa casa por que sus papas no lo podían sostener. Esa fue la primera vez que, invitándolo a mi casa a jugar con el barco pirata y el castillo de Fisher Price, sentí vergüenza. Por qué yo sí, y el no.

Por que debería sentirme avergonzado de ser lo que soy a los 10 años, cuando ni siquiera sé que soy, mucho menos soy responsable de eso. Cómo justificarme ese sentimiento, cuando mis papás son el magnífico contraste de la clase media colombiana, ambos sin estudios universitarios, uno anhelando la lucha popular y el otro conocer el mundo y sus secretos, uno vendiendo manillas para vivir, el otro trabajando 18 años sin tomar vacaciones.

Luego, a los 14, un compañero del colegio fue asesinado for fuerzas del estado durante la marcha del día del trabajo. Una vez más, y ésta vez entendiendo lo que es morir en Colombia, sentí vergüenza. Años después un primo tuvo la misma suerte, esta vez por fuerza ilegales del estado (léase paramilitares). En ningún caso yo llegué a ser particularmente cercano a ellos, pero la vergüenza fue tal que no hablé con nadie de ello, y nunca fui al funeral de ninguno de los dos.

Años después, mi hermana empezó a recibir amenazas cuando trabajaba en Derechos Humanos cuando no tenía ni 25 años. De nuevo, una pena silenciosa me cubrió la boca agachó la cabeza.

Hoy, estando en el exterior, dentro del contexto histórico del proceso de paz, vuelvo a sentir esa vergüenza, y a diario. Y es hoy, 15 años después de haber sentido esto por primera vez, que lo confieso.
Les confieso a mis viejos amados que sentí vergüenza con mi país de haber podido ir al colegio, haber viajado (dentro y fuera de Colombia), de haber tenido todas las camisetas de todos los equipos que quise. Siento vergüenza de estar acá hoy día, y siento vergüenza de estar persiguiendo mi pasión.

Le digo a ese niño con el que jugaba, que sentí y siento vergüenza de haber tenido juguetes y papás, y el no. Le digo a mi compañero de colegio y a mi primo que siento vergüenza de estar vivo, cuando ellos no tuvieron opción.

Y al escribirlo caigo en cuenta de lo absurdo de lo que siento; ¿avergonzado de haber tenido una bella infancia?, ¿de haber ido al colegio y a la universidad?, ¿de tener papás?, ¿de estar vivo?

Es precisamente esa contradicción, ese razonamiento antinatural, que me compromete con millones de víctimas del conflicto en Colombia. Es un compromiso a ser honesto y consecuente en mi hacer y pensar, a aceptar mi parte y culpa en nuestra historia y destino como nación. Yo, también, soy culpable de los muertos, de los huérfanos, de la pobreza, de la desesperanza, de Bojayá, de Mapiripán, de las Bananeras, del Bogotazo, del genocidio de la UP. De amigos y familiares enterrados, de colegas desempleados, de compatriotas exiliados, de campesinos e indigenas, de bosques, páramos y sabanas.

Y lo soy por el simple hecho de existir, de ser colombiano. Yo, como todos, soy una célula en una porción de espacio-tiempo de éste mega ser colombiano que respira pólvora y tose dolor a diario, y aún así perdura en el tiempo.

Dejo la vergüenza atrás, y cargo mi culpa con orgullo. Yo soy la continuación de un proceso histórico de indiferencia y desconocimiento. En Colombia, y tal vez en el mundo, ser y tener se combinan en un sólo verbo, en un sólo sentimiento. Yo soy por que tengo una responsabilidad, y esa responsabilidad es lo que soy.

Esa lagrima que cae con cada foto de mi país, de mi familia, con cada arepa que me como, con cada bolero, con cada chiste. Esa nostalgia que se materializa sin pedir permiso me lleva hoy a decir lo siento.

A esos que llevan cinco décadas matándose, lo siento.

Al ejercito, a las guerrillas, a los que ponen los muertos y a los que los lloran, lo siento.

Soy tan víctima como los victimarios lo son, y soy tan victimario como las víctimas lo son. Con ésta paz, yo pido que a mí no me la den, que no la merezco. Con ésta paz quítenme la vergüenza y denme un propósito. La guerra es un ser tan misterioso como poderoso, y nos hizo a todos víctimas y victimarios con solo nacer.

A mis viejos pido disculpas, y espero entiendan que no me avergüenzo de que me hayan dado lo que me dieron, no lo resiento. Solo hoy es que el silencio de las balas en el campo nos deja oírnos a nosotros mismos, y entender quienes somos.

Desde hoy, hasta el ultimo de mis días, diré con franqueza que soy víctima y victimario, que esos muertos son míos, que esa pobreza es mía. Que mi nostalgia se extienda a todos los dolores, y que no me dé paz.

Nostalgia, dame propósito y dame un deber, de con simpleza entender que mi gozo no es sólo mío sino nuestro, que su dolor no es sólo suyo sino nuestro, que sus rostros son mi propio rostro, y que el destino es nuestro.

Mil y una veces me han enterrado, por que cada muerto soy yo mismo. Mil y una veces me despierto, por que ya hoy, todos estamos vivos.

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