El Epeyui

Anticristo: Un retrato de la mente de Lars von Trier

Dentro del mundo del cine, para cualquier seguidor no es extraño el nombre de Lars von Trier, y si es el caso de que aún no les es familiar, no es difícil entender porque es un nombre que invoca tantas posiciones y comentarios. Con 25 producciones cinematográficas (contando sus trabajos para formato televisivo) este director danés de 57 años declarado persona non grata en el festival de cine de Cannes en su edición del 2011, sin duda ha sabido como labrar una trayectoria muy productiva y aun más que eso, polémica y desafiante.

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La mayoría de su trabajo cinematográfico ha sido concatenado en formato de trilogía, en la que cada película es independiente de las otras, pero cada una circula alrededor de un tema en concreto. Usando este esquema von Trier ha realizado cuatro proyectos distintos: el primero fue Europa (El elemento del crimen, Epidemic, y Europa), el segundo Golden heart (Rompiendo las olas, Los Idiotas, y Bailando en la oscuridad), el tercero es el hasta el momento inconcluso U.S.A (Dogville, y Manderlay), y finalmente Depresión (Anticristo, Melancolía, y Ninfomaníaca).
De entre sus películas cabe resaltar películas que han tenido un gran renombre como lo fueron Europa (1992), Rompiendo las olas (1996) y Una bailarina en la oscuridad (2000), pero quisiera en esta ocasión enfocarme en una producción particular; su película de 2009, Anticristo.

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Recurriendo nuevamente a posiblemente los dos actores que más han contribuido al desarrollo de sus películas (luego del sueco Stellan Skarsgård), la francesa Charlotte Gainsbourg (tres actuaciones con este director) y el estadounidense William “Willem” Defoe (tres actuaciones), von Trier abre las puertas de lo que en el momento fue su tercer proyecto como trilogía, desarrollando la complejidad y profundidad humana alrededor de la depresión.

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Anticristo cuenta la historia de la lucha tanto personal como humana de una pareja de esposos para asimilar el luto y la culpa ante la pérdida de su único hijo en un accidente casero, este evento será el punto de quiebre que detonara toda una realidad paralela ajena a su condición de familia en la que las individualidades pondrán en duda la sanidad de las relaciones humanas y de los límites del amor malversado, en particular cuando en este se diluye la frontera entre el amor propio y el amor hacia los demás, mezclándose con el temor y odio natural de la experiencia humana.

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Con las actuaciones de Gainsbourg y Defoe se nos plantean una pareja de personajes que igualmente desnuda y revela la crudeza de la realidad del juego de roles que supone la sociedad entre los sexos, en los que un hombre seguro de si mismo puede llegar a socavar en lo impositor a tal punto que desencadena una revelación arrolladora y envolvente del luto y la contradicción de una mujer no solo con su papel de madre sino con el papel histórico de la mujer en la sociedad.

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Esta película hace parte de un proyecto de tres películas que orbitan alrededor del tema de la depresión, el cual se complementa con las películas Melancolía (2011) y la recientemente estrenada Ninfomaníaca (2014). Ya sin evaluar Anticristo dentro del contexto de esta trilogía es una película que por sí misma adquiere un valor con su forma de retratar el conflicto que se da entre las singularidades del humano y su naturaleza social, por lo que fuera de ser un proyecto dedicado para algún cinéfilo, Anticristo nos hace estremecer ante una realidad tan increíble como innegable, capaz de hacernos recapacitar como querer olvidar. Una obra que sin duda hay que apreciar tanto con cautela como con dedicación, manteniendo en mente la realidad y las limitaciones de este proyecto, y aun así, la representación de la visión del mundo y las relaciones de una mente que, como la de von Trier, nos seduce y nos atemoriza.

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Camilo López Aguirre

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Danaus plexippus

21 de Febrero de 2014

Morelia, Michoacán

El formalismo de acordar una hora para despertarse se hace innecesario frente a la antesala de un evento sencillo, y aún así, que fácilmente encaja perfectamente en el tope de la manifestación más conmovedora que he podido presenciar. Vamos a ver a la Monarca… A las 6:00 am estamos 4 personas alistándonos en una habitación con un solo baño (acentuando de alguna forma divertida la antesala a lo que se venía) sin sentir siquiera la obligación de hacerlo, personalmente las 6:00 am fue muy tarde para lo que mi excitación hacia con mi paciencia. El cansancio de llevar 20 días viajando incesantemente por México aunque no pasa desapercibido se aliviana al pensar en la idea de 120 millones de mariposas monarcas volando al compás de los caprichos del hermano mayor (como mi padre y yo nos referimos al sol). Hacia las 9:00 am ya estamos montados en una camioneta que nos promete, junto con el conductor y su pareja, un trayecto de 3 a 4 horas hasta llegar al Santuario del Rosario. Sintiendo un poco de nostalgia de dejar así sea por unas horas la ciudad que se ha convertido en mi hogar en los últimos 3 meses nos adentramos en las carreteras libres bastamente decoradas con topes de Michoacán, que haciendo honor a su nombre y ratificando lo pobre de su fama actual, nos abraza entre sus lagos.

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A lo largo de la ruta nos vamos enterando de las intimidades de un insecto tan efímero como imponente. La mariposa migra desde Canadá y Estados unidos hacía los relictos de bosque de pino canadiense que aún persisten en los límites entre los estados de Michoacán y México, nos enteramos (sin mayor sorpresa) que estos bosques actualmente están amenazados por la tala ilegal.

Danaus plexippus realiza una travesía durante 3 meses aproximadamente recorriendo 4500 kilómetros para establecerse en estos bosques desde Noviembre hasta Marzo. Durante la travesía estas colonias descansan en sitios estacionarios en los cuales se reproducen para producir una nueva filial, lo cual nos da una pista de un hecho que sobrecoge aun mas dentro de toda la belleza que esconde esta historia, las mariposas que llegan a los bosques mexicanos son la 3 o 4 filial de las poblaciones originales del norte, ¿Qué quiere decir esto?, que las mariposas que inician la migración, nunca llegan a conocer su destino final.

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Con todas estas ideas revoloteando en mi cabeza empiezo a sentir un sobrecogimiento desconocido para mí, atravesamos las primeras carreteras “destapadas” hasta empezar a divisar los paisajes montañosos agrícolas y forestales de la región, acariciando el frío que nos rodea me volteo hacia los otros mientras el conductor pronuncia con claridad: Ya vamos llegando.

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Después de 3 horas aproximadamente logramos nuestro cometido, atravesar todo el estado hasta encontrarnos en el arco de la entrada que asegura que el Santuario del Rosario es el más grande del mundo para la monarca.

Decidimos subir a pie arriesgándonos a perder la paciencia al alargar la subida que fácilmente se puede realizar a caballo, realmente no importa nos dijimos entre todos al mirarnos, en una especie de tributo que quisimos pagar a nuestras musas que tan arduo recorrido realizan con una aun mayor humildad.

La subida pese a ser corta llega a ser agotadora debido a la altitud y la pendiente del trayecto, estos bosques están a mas de 3100 metros de altura, por lo que durante la subida procuramos no pronunciar palabra, y aún si lo intentamos, si no era la excitación del encuentro, el ahogo de la subida cumplía su cuota del viaje.

Atravesamos unos 700 escalones hasta llegar a una planicie destapada que dividía la parte del bosque para senderos y el resguardo de las monarcas, una pirámide de rocas permite el crecimiento de unas cuantas bromelias para que los visitantes podamos ver de cerca su silencioso ciclo de vida. Un trabajador riega la pirámide de bromelias sin inmutarse en mirarnos o saludarnos, realmente no es ofensivo ni molesto, es un ritual que nos incumbe a todos, incumbe nuestro silencio, silencio para no olvidar.

Después de 15 minutos más de caminata atravesando un bosque de pinos el cual me resulto muy hermoso y nuevo (en mi país el pino no es nativo), sin más rodeos llegamos a las inmediaciones del sitio donde se concentraban las monarcas. Empezamos a recibir advertencias de guardar silencio, no tocar las mariposas ni usar flash en las cámaras, mientras simultáneamente sentía como mis orejas se empezaban a calentar a consecuencia del aumento de mi ritmo cardiaco, si… indudablemente, estaba nervioso.

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Empezamos a ver individuos solitarios volando entre los bosques y la ansiedad empezó a aumentar, nunca en mi vida había sentido la admiración y la locura frente a algo que no ponía ningún impedimento a ser presenciado, a mi forma de ver… solamente pedía de nosotros una poca de temple y respeto.

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Para cuando llegamos una gran nube estaba cubriendo el sol, por lo que el frío no se demoro en hacerse sentir, y en total silencio y discreción muy respetuosamente fue solicitando permiso para ir atravesando capa por capa la ropa que traíamos y acomodarse en nuestras piernas, entre el hueso y la carne, entre ese espacio que solo uno es consciente de su existencia cuando se llena de frío, sin embargo… Nada de eso hizo resonar mi atención. Ahí estaban…

Grandes racimos y apéndices colgantes hacían peso sobre los árboles, haciéndolos parecer sentenciados, enfermos, un poco resignados a una realidad que se veía un poco salvaje y despiadada. Fue cuestión de unos minutos el darnos cuenta de la lectura errónea que hacían nuestros cortos conceptos civilizados, ante nosotros habían millones de mariposas reposando literalmente en cualquier espacio del cual pudieran disponer en el bosque, ramas, troncos, hojas, arbustos, pastos, rocas, corteza, suelo… todo hacia donde miráramos conjugaba un poco de magia y crueldad, un paisaje de árboles con elefantiasis a causa de una enfermedad que viajo 4500 kilómetros reposaba sobre un tapete de cientos de mariposas muertas. Procuré caminar en puntas de pie…

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A la primera luz del sol la espera se empezó a tornar mas desesperante, creí que ya no podría esperar más, que en verdad llega el punto en el que tanta belleza ajena me llegaría a asquear, a entristecer, a empobrecer. Alas, patas y antenas empezaron a resonar, vibrando en un despertar tan curioso como divertido, que me hizo pensar que no solo los perros se secan a uso de la fuerza centrípeta, y que es más bien un secreto bien sabido dentro del reino animal. Me empecé a conmover bajo una simple frase: estoy aquí.

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Es difícil empezar a recordar lo sucedido sin que mis pies y mi piel se remuevan un poco la capa de polvo de ciudad, alzando orgullosa los folículos que alzan el pelo y cabello de mis brazos y mi nuca a la sombra de ese recuerdo. Sé que soy joven e ingenuo, o al menos lo digo así no lo sepa para tener la idea disponible para cuando haga falta utilizarla, pero jamás en mi vida he contemplado algo de la magnitud y la magnanimidad de lo que viví ese día.

De alguna forma escribo esto para volverlo un poco más tangible para mí mismo, en función de que en unos años no lo olvide y si en ocasiones lo haga, no atente contra mí mismo sintiendo victima de la locura.

El sonido de millones de alas agitando sus apenas 5 centímetros de envergadura se hizo tan fuerte en lo alto de ese bosque que recuerdo pensar que nunca había oído un estruendo como ese, en realidad se que no es del todo cierto, pero debo darle validez a que esa noción fue producto de otro tipo de estruendo, un estruendo mas allá de donde se resguarda el frío entre musculo y hueso, un estruendo existencial, un estruendo emocional, un estruendo humano que me deshumanizó. La alegría de sentirme estadística y materialmente tan diminuto al lado de una agrupación de seres que bajo circunstancias nocivamente normales, sería físicamente aún más diminuto que yo.

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El estruendo de la mariposa se apodero de todo el bosque por que a todos los asistentes nos arrebato todo, nos dejó vulnerables y asustados, tan sobrepasados por un lapso de 15 minutos en los que no importó nada más que aún hoy no podré asegurar nuevamente cuando o que algo vuelva a importar.

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Lloré, lloramos, así de concreto debo decirlo porque así de simple debo revivirlo, mi cámara se empañaba con el vapor de las lágrimas que se deslizaban por los lados de mi rostro y mis manos. Hoy creo que ellas debieron llorar más por nosotros.

Los indígenas p’urhépecha creían que la llegada de la mariposa en noviembre estaba relacionada con la famosa y milenaria celebración del día de muertos en México, creían que las mariposas eran las animas que volvían al mundo de los vivos a visitarnos, 150 millones de animas que llegan cada año desde hace aproximadamente 5000 años a visitarnos.

Cada año releeré esto y sentiré la visita de mis ánimas, el ánima de lo que fue mi propia existencia, y el ánima que renueva el estruendo que me vacía de todo cada vez que lo necesite, un animal que dice: Ahí estuvimos.

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Camilo López Aguirre